Sabéis que yo no suelo traer libros de los que habla todo el mundo pero Yesteryear lo merece. Ha sido un libro que me ha dejado reflexionando bastante tiempo. La premisa ya de por sí me llamó: Natalie Heller Mills es una influencer "tradwife" perfecta, con millones de seguidores que devoran su vida idílica de granja, seis hijos y un marido cowboy, aunque en realidad es una vida montada de cara a la cámara, con niñeras y electrodomésticos industriales escondidos fuera de plano. Hasta que una mañana se despierta en su misma casa, con su mismo marido y sus mismos hijos, pero sin electricidad, sin agua corriente y con una fecha en la puerta: 1855. De repente, tiene que vivir de verdad la vida que llevaba años fingiendo para Instagram. Y ahí es donde el libro deja de ser solo una premisa ingeniosa y se convierte en algo mucho más adictivo de lo que esperaba.
La novela se mueve en dos tiempos. Por un lado tenemos a la Natalie de 1855, intentando sobrevivir a un mundo sin comodidades, con un marido que aquí sí sabe llevar una granja de verdad y unos hijos sucios y hambrientos que no tienen nada que ver con los niños perfectamente vestidos de sus vídeos y por otro la otra Natalie que tiene hijos perfectos, vestidos perfectamente planchados y un negocio de publicaciones.
Todo lo que sabemos lo sabemos por el personaje de Natalie, que para mí es un narrador poco fiable y eso da más pie a que veamos como la vida de Natalie se tambalea y no es tan perfecta como parece. A medida que avanza la historia he empezado a cuestionarme qué parte de lo que cuenta es realidad, qué parte es una forma de justificarse y qué parte responde a la imagen que lleva tanto tiempo construyendo para los demás.
Lo que más me ha gustado es que no hace una crítica fácil a las redes sociales ni al fenómeno "tradwife". Utiliza esa idea como punto de partida y habla de la idealización del pasado, de la maternidad, del trabajo invisible que siempre han sostenido las mujeres y de lo sencillo que resulta romantizar una vida cuando no eres tú quien tiene que vivirla. Natalie pasa de vender una fantasía a enfrentarse a ella, y el contraste entre lo que mostraba y lo que realmente supone mantener una casa y una familia en 1855 es brutal.
El ritmo decae un poco en la mitad, vuelve a reflexionar sobre cosas de las que ya ha reflexionado. Algunas escenas se hacen más largas de lo necesario. Aun así, nunca llegó a aburrirme porque siempre quería saber qué estaba ocurriendo realmente y cómo iba a resolverse toda la situación. En cuanto la trama vuelve a avanzar, recupera ese punto adictivo del principio y ya no pude soltarlo.
También me ha gustado que la autora no caiga en el blanco o negro. No demoniza a Natalie ni la convierte en una heroína de la noche a la mañana. Es un personaje con muchos defectos, egoísta en algunos momentos y muy condicionado por la imagen que ha construido de sí misma, pero precisamente por eso resulta tan interesante seguir su evolución.
El final me ha dejado con sentimientos encontrados, no porque me haya parecido malo, sino porque invita a seguir dándole vueltas una vez cierras el libro. Creo que es una de esas historias que funcionan especialmente bien en un club de lectura porque cada persona puede sacar conclusiones muy diferentes sobre lo que realmente significa el desenlace.
En definitiva, Yesteryear me ha parecido una novela muy inteligente, con una premisa brillante y mucho más profunda de lo que parece a simple vista. Si os gustan las historias con viajes en el tiempo, personajes imperfectos y libros que utilizan la ficción para hablar de temas muy actuales, creo que merece muchísimo la pena darle una oportunidad.

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