Descubrí Demon Copperhead en una lista de novelas galardonadas. Hasta entonces no había leído nada de Barbara Kingsolver, pero al verla disponible en mi biblioteca decidí que sería mi “primer tocho del año”.
La novela nos presenta a Demon, un muchacho que nace en los márgenes y crece entre la precariedad, el abandono y una sucesión de adultos incapaces de protegerlo, pero también dotado de una voz afilada, irónica y profundamente lúcida con la que intenta abrirse paso en un mundo que parece empeñado en ponerle todas las zancadillas posibles.
Kingsolver nos sitúa en una américa rural en la que las facilidades brillan por su ausencia pero aún así tienen una vida dentro de sus posibilidades. Lo más llamativo de la novela es la voz narrativa. Nos ponemos en la piel de un niño que vive en una furgoneta. La novela, desde sus primeras páginas nos hace ver que el lugar desde el que se nace es importante. Esto es lo que la convierte en una novela de crítica social.
El libro es una novela de formación pero que está marcado por la violencia y sobre todo por las injusticias que Demon encuentra en su vida. ¿Es necesario trasplantar una trama decimonónica a los Apalaches? Sí, para mí si porque esta trama a pesar de ser comparada con libros como los de Charles Dickens nos ofrece un enfoque que considero radicalmente distinto de un tema que incluso el autor vivio. Las casa de acogida y la pobreza siguen siendo importantes.
Para dar más luz a esta realidad, Barbara Kingsolver rodea a Demon de un coro de personajes igual de variopintos que él. La dureza de la novela se ve incluso desde el inicio de la lectura:
«Primero de todo, me las tuve que apañar para nacer. La generosa concurrencia que asistió siempre me lo ha reconocido: la peor parte del trabajo recayó en mí, mientras que mi madre digamos que no estaba por la labor».
Sabe que lo más probable es que tenga que vivir con la condena de tener un padre fantasma y una madre yonki durante toda su vida y que incluso habrá personas que intenten aprovecharse de él pero aún así, la autora apuesta por la resistencia y la dignidad del protagonista. Kingsolver no es capaz de idealizar el sufrimiento ni concede redenciones fáciles: es el objetivo de la cámara que muestra una realidad incómoda.
Al cerrar el libro, queda la sensación de haber acompañado a alguien durante un largo tramo de su vida, de haber sido testigos de cómo el contexto social puede marcar —y a veces condenar— una existencia desde el mismo momento del nacimiento. Por tanto, aunque queda claro que Demon Copperhead es una lectura dura y amarga, también tiene momentos de belleza que no esperas.
Podría decirse cómo punto negativo que la extensión del libro hace más latente la sensación de sufrimiento. Hay tramos en los que la acumulación de desgracias resulta reiterativa y el ritmo se resiente, dando la sensación de que Kingsolver subraya en exceso aquello que el lector ya ha comprendido: que el sistema falla y que Demon no tiene red de seguridad. Esa reiteración puede generar cierto cansancio y hacer que algunos pasajes pierdan impacto emocional, precisamente por su abundancia.
Aún así, mirando la obra en conjunto puedo decir que es una de las lecturas que más me han sorprendido. Demon Copperhead no es solo una relectura contemporánea de una novela clásica: es un recordatorio incómodo de que muchas de esas injusticias siguen ahí, cambiando de escenario pero no de rostro. Y quizá por eso resulta tan necesaria.

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