Eva Canning se mantiene como un fantasma, a ratos tangible y a ratos esquiva, y eso refuerza la sensación de que el libro no quiere ser comprendido del todo. Es un juego de presencias y ausencias, donde cada personaje y cada objeto —el cuadro, la casa, los fragmentos de recuerdos— se convierte en un espejo de la mente de Imp. Y aunque me haya frustrado en algunos momentos, también reconozco que esa frustración forma parte de la experiencia que Kiernan propone: no hay certezas, solo percepciones que se cruzan y se superponen.
En conclusión podría describir La joven ahogada como un retrato de la psique de Imp. Aunque a veces me haya sentido un poco perdida, he disfrutado cada instante de esa deriva, porque descubrir a Imp y a Eva Canning —aunque sea por fragmentos y espejismos— es un tipo de lectura que permanece después de cerrar el libro.
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