Hay libros que uno termina y necesita quedarse quieto un momento. Como si cerrar la última página no bastara. La muerte viene estilando, de Andrés Montero, es exactamente ese tipo de libro: breve ya que apenas 129 páginas, pero con un peso emocional que se queda mucho después de terminarlo. Lo leí de una sentada y al final me encontré pensando en la brevedad de la existencia, en ese sur chileno que nunca conocí pero que sentí extrañamente familiar, y en lo poco que queda de uno cuando ya no está.
El libro reúne seis relatos ambientados en y alrededor del fundo Las Nalcas, en el campo chileno. Arrieros, patrones, pescadores, viejos jugadores de truco, una adivina: personajes que parecen salidos de una conversación al calor del fuego. Cada cuento funciona por sí solo, pero lentamente Montero revela algo más ambicioso. Los personajes se cruzan, las historias se responden entre sí, el tiempo se dobla. Lo que parecía una colección de relatos costumbristas termina convirtiéndose en una especie de novela fragmentada, íntima y fantasmal.
La gran fuerza del libro está en la prosa. Montero escribe como quien cuenta una historia en voz baja mientras cae la noche. Hay oralidad, fluidez y una naturalidad que nunca se siente forzada. No busca deslumbrar con frases grandilocuentes; lo hace con ritmo, con silencios, con esa sensación de que alguien nos está confiando algo antiguo. Y en medio de todo, la muerte aparece una y otra vez, pero sin solemnidad. Está ahí como está el clima o el río: inevitable, cotidiana, paciente.
El último relato fue el que terminó de derrumbarme. Hay partes sobre la muerte que tienen algo profundamente hermoso. De esas páginas que obligan a detenerse. De esas frases que uno subraya y después no sabe cómo compartir porque parecen haber encontrado algo demasiado personal.
Le doy cuatro estrellas y no cinco solo porque la entrada al libro me costó un poco. Los primeros relatos son más ásperos y tardé en entender el juego que proponía Montero. Pero una vez que todas las piezas empezaron a encajar, la lectura se volvió otra cosa. Más profunda. Más triste. Más viva.
Es el tipo de libro que dan ganas de regalar. O mejor todavía: de leer con alguien para poder quedarse hablando después. Porque recuerda algo que la literatura latinoamericana sabe hacer como ninguna otra: mirar la muerte de frente, sentarla a la mesa, y aun así seguir contando historias. Al final, la muerte viene estilando no impacta por su contenido sino por la manera de contarlo. Es un libro silencioso, de esos que no necesitan grandes giros ni dramatismos para impactar.
Al final, La muerte viene estilando destaca más por la sensación que deja que por la trama en sí. Es un libro sencillo en apariencia, pero muy efectivo en cómo aborda temas como la muerte, la memoria y el paso del tiempo sin caer en exageraciones. Montero toma historias y personajes del campo chileno y logra que se sientan cercanos incluso para quienes no conocen ese mundo. Cuando terminé el libro, me quedó la impresión de haber leído algo pequeño pero muy bien construido, de esos libros que siguen dando vueltas en la cabeza después de cerrarlos.

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