Lo primero que me ha llamado la atención es el equilibrio que consigue Ramis entre lo íntimo y lo colectivo. El libro no cae en ser un ensayo cuantitativo pero tampoco cae en dar lástima sin motivo. Me ha gustado como enfoca la situación de la vivienda mezclando datos objetivos con vivencias suyas. El libro arranca citando la Constitución, específicamente el artículo en el que habla de vivienda y de propiedad privada. El comienzo está en el registro más frio posible pero pasamos a una imagen de infancia, ese momento en el que llamamos hogar a nuestro lugar seguro. Este contraste inaugural se repite en muchas ocasiones ya que, como he dicho antes, repite datos técnicos y después presenta a las personas con las que convivió en aquella época, dando pinceladas de datos objetivos.
Además en algunos casos pide permiso para que los inquilinos la dejen entrar para poder comparar entre el pasado y el presente.
Lo que más me gusta es la forma en que ella habla de sí misma, sin necesidad de presentarse como una víctima más ni de intentar convertir su experiencia en algo excepcional. Ramis cuenta sus mudanzas, las casas en las que ha vivido y las personas que han formado parte de su vida. Hay una cierta distancia entre la narradora que recuerda y la persona que vivió esas situaciones, y creo que esa distancia hace que el relato resulte todavía más interesante.
Otro aspecto que me ha sorprendido es la forma en que el libro convierte algo tan cotidiano como mudarse en una forma de hablar sobre el paso del tiempo. Cada casa representa una etapa diferente, pero también una determinada situación económica y social. De esta manera, los espacios en los que vive la autora terminan funcionando casi como una especie de mapa de su propia vida. Volver a esos lugares años después permite comprobar no solo qué ha cambiado en ellos, sino también qué ha cambiado en ella.
Por otro lado, Llucia Ramis no se limita a hablar de su propia experiencia, ya que, a medida que avanza el libro, el problema de la vivienda se convierte en una experiencia colectiva. Me ha fascinado la forma en que cuenta la historia de otras personas, los precios, los alquileres y la transformación de las ciudades amplían el relato y hacen que la pregunta inicial tenga mucho más peso: ¿qué significa realmente tener un hogar cuando la posibilidad de permanecer en él depende constantemente de factores económicos?
Una pega que yo le pondría y que a lo mejor no es una pega como tal es la forma en que se centra solamente en Barcelona y Mallorca. Entiendo que son los lugares que han sido testigos de la vida de la autora y son los que puede conocer de una forma más certera. Aun así, mientras leía el libro me preguntaba cómo sería esta misma situación en otras ciudades o incluso en otras partes de España. El problema de la vivienda no afecta de la misma manera a todos los territorios, y creo que conocer otras realidades habría permitido ampliar todavía más la reflexión que plantea el libro.
Aun así, creo que dicha limitación también acaba teniendo un aspecto positivo. Al centrarse en lugares que conoce de primera mano, Ramis consigue que el libro no se convierta en un análisis demasiado general de la vivienda. Barcelona y Mallorca dejan de ser simplemente dos lugares concretos y se convierten en el escenario desde el que habla de un problema mucho más amplio. Quizá el libro no pretende explicar todas las formas en las que se manifiesta el problema de la vivienda, sino mostrar cómo este afecta a las personas a través de una experiencia concreta.
En definitiva, Un metro cuadrado me ha parecido un libro que consigue hablar de un problema muy actual sin perder la parte personal. Lo que empieza con una pregunta sobre las casas en las que hemos vivido acaba convirtiéndose en una reflexión sobre qué significa realmente tener un hogar y sobre la dificultad de sentir que un lugar nos pertenece cuando estamos constantemente de paso. Me quedo especialmente con esa idea: podemos pasar años en una casa, llenarla de recuerdos y considerarla nuestro hogar, aunque legalmente nunca haya sido nuestra.
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