Cuando Emilia Pardo Bazán publicó Los pazos de Ulloa, España discutía si el naturalismo tenía cabida en la literatura nacional. La propia autora había defendido esta estética en su ensayo La cuestión palpitante, publicado apenas dos años antes, y el escándalo que provocó fue considerable: hablar de herencia, instinto y determinismo biológico en un país profundamente católico y conservador no era una postura inocente. Los pazos de Ulloa es, en buena medida, la demostración práctica de esas ideas: una novela que aplica el bisturí naturalista a la aristocracia rural gallega y no deja títere con cabeza.
Parece que la trama es sencilla pero esconde una narrativa muy meditada. El joven capellán Julián Álvarez llega al pazo de Ulloa para poner orden en los asuntos espirituales y domésticos del marqués Pedro Moscoso, un noble venido a menos que ha dejado que su propiedad y su vida se vayan degradando poco a poco bajo la influencia de Primitivo, el criado que en realidad controla la casa y de Sabel, amante del marqués y madre de su hijo natural.
Julián, con esa mirada inocente se va dando cuenta de la magnitud de la decadencia moral que se esconde tras los muros del pazo, y esa toma de conciencia es uno de los motores silenciosos de la novela.
Poco a poco se va agravando, cuando Julián convence a Pedro Moscoso de casarse con Nucha, su prima. Ella llega ilusionada por formar una familia y se encuentra en un ambiente hostil, donde su presencia es vista como una amenaza a los intereses ya establecidos. A partir de aquí, la novela se convierte en el relato de una lenta asfixia: la de una mujer culta y sensible atrapada en un mundo que no solo no la entiende, sino que activamente conspira contra ella.
Lo que hace Emilia Pardo Bazán es aplicar de manera quirúrgica, los principios del naturalismo ya latentes en La Cuestión Palpitante: : el peso de la herencia, el determinismo del ambiente sobre el carácter, la idea de que el ser humano está condicionado por su sangre.
Desde mi punto de vista Pedro no es malo sino que es débil y esa debilidad, combinada con un entorno corrupto, basta con que todo se pudra a su alrededor.
Uno de los aciertos que creo que tiene la novela es como retrata Galicia, no es un decorado pintoresco sino como un ambiente que moldea a sus personajes. La lluvia constante, la niebla, el aislamiento del pazo respecto al resto del mundo, la superstición campesina que convive con el poder feudal casi intacto de la aristocracia rural: todo eso construye una atmósfera opresiva que refuerza la sensación de que sus personajes están atrapados, tanto por las circunstancias como por su propia naturaleza.
Julián como capellán representa la mirada moral que observa sin poder intervenir. Su relación con Nucha, cargada de una ternura que nunca llega a ser explícita pero que llega a ser intuida. Esto añade una capa de tensión contenida que Emilia Pardo Bazán maneja de manera muy curiosa.
Lo que más me llama la atención

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