El que responde desde el bosque
Patocles, el pato filósofo, se adentró en el bosque al atardecer, con la capa raída y las gafas empañadas por la humedad.
Entre los cedros, algo hizo clic. Clic, clic, clic. Como una cuchara golpeando una taza diminuta.
Del tronco de un árbol milenario asomó una cabecita blanca y redonda, sin boca, con los ojos huecos y negros. Luego otra. Y otra. Decenas de Kodama, con la cabeza ladeada, lo miraban en silencio desde cada rama.
—Qué ternura —graznó Patocles—. Y qué inquietud.
—¡Hola! —gritó al aire.
—¡Hola! —respondieron todos a la vez, con su voz exacta, un segundo después.
El pato dio un paso atrás. Los Kodama dieron un paso adelante, sin moverse.
—Adiós —dijo él, despacio.
—Adiós —repitieron, y una de las cabecitas se le posó en el ala, tibia como un pan recién hecho.
Patocles suspiró, se ajustó las gafas y decidió quedarse a cenar con ellos.

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