Buenos días, buenas tares, buenas noches lectores.
Se acerca el final del Twitchtober y la premisa de hoy es premonición. Por eso hablaremos del Oráculo de Delfos.
El Oráculo de Delfos fue uno de los centros religiosos más importantes de la Antigua Grecia, dedicado al dios Apolo. Se encontraba en el santuario de Delfos, al pie del monte Parnaso, y era considerado el punto central del mundo, el llamado omphalos o “ombligo del mundo”.
La figura principal del oráculo era la Pitia, una sacerdotisa que, tras entrar en trance (supuestamente por vapores que emanaban del suelo o por inspiración divina), pronunciaba mensajes que se interpretaban como las palabras de Apolo. Los sacerdotes del templo traducían sus respuestas en versos o sentencias enigmáticas.
Reyes, generales y ciudadanos acudían desde toda Grecia y más allá para consultar al dios sobre guerras, alianzas, decisiones políticas o cuestiones personales. Las respuestas del oráculo eran famosas por su ambigüedad, lo que permitía múltiples interpretaciones.
Más que un simple adivino, el Oráculo de Delfos representaba el vínculo entre los humanos y lo divino, entre la razón y el misterio.
En el poema de hoy quiero hacer honor a su nombre y a la función que tiene. Se titula El susurro de Delfos y espero que os guste.
El susurro de Delfos
En el mármol dormido del templo,
la bruma danza como un juramento.
Las montañas de Apolo respiran oráculos,
y el aire tiembla con voces antiguas.
Ella desciende, la Pitia, entre vapores sagrados,
con los ojos de luna y el pecho encendido.
Su voz no es suya: es eco del dios,
es fuego que besa los labios del destino.
Te acercas, tembloroso peregrino,
con el corazón lleno de preguntas.
El amor te duele, la duda te guía,
y en su mirada crees hallar el futuro.
Pero el oráculo no ama con carne ni beso,
sino con visiones que queman el alma.
En su palabra habita la ambigüedad del trueno,
la ternura del caos, el misterio del tiempo.
Ella te habla, y en su voz oyes tu nombre
como si el universo lo pronunciara por vez primera.
La tierra vibra, los dioses respiran,
y tú crees morir en su profecía.
Cuando todo calla, Delfos aún susurra:
no hay destino más dulce que el del que pregunta,
ni amor más eterno que aquel que se busca
en la voz que jamás promete,
pero siempre hechiza.

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