Hoy día 16 hablamos de las lechuzas y cómo Atenea está unida a las lechuzas (más directamente al mochuelo).
Atenea y la lechuza
Atenea no habla cuando cae la tarde.
Deja que el silencio se siente a su lado
y que la lechuza, pequeña y exacta,
se pose sobre su hombro como una idea.
Ninguna de las dos tiene prisa.
La diosa mira el mundo con ojos de plata;
el ave, con ojos de luna.
Entre ambas, la noche se vuelve legible.
—¿Qué ves? —pregunta Atenea.
La lechuza gira la cabeza, despacio,
y le muestra lo que el día esconde:
el miedo bajo la soberbia,
la duda bajo la espada,
la verdad temblando en un rincón.
Atenea asiente. Aprende de ella
lo que ninguna batalla le enseñó:
que ver con calma es una forma de poder
y que la sabiduría, a veces,
es solo saber esperar en la rama.
Así viajan juntas por los tejados,
la diosa y su pequeña vigía,
repartiendo, sin ruido,
un poco de claridad
a quienes duermen con los ojos abiertos.

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